La bioética de la persona o el abuso de la autonomía

Artículo por el Director General de la Clínica, Juan Guillermo Ortiz Martínez

Desde los avances científicos de los años 60, se abrieron las discusiones del principio y del final de la vida surgieron dilemas opuestos que condujeron a científicos a tomar posiciones fundamentales frente a decisiones de vida de cara a problemas de los pacientes.

Hoy nos hemos acostumbrado a un relativismo ético, en el que la libertad está por encima de los derechos esenciales de la persona humana; hemos contemporizado con decisiones de “libertades” contrarias a la razón de ser de la medicina, que está basada en el principio hipocrático de “no hacer daño”.

En diferentes escuelas de medicina se ha vuelto común dejar en los sus estudiantes la representación mental que el secreto para la solución de los problemas éticos es la espada de “la autonomía” que, por derecha, definiendo todo a favor de la decisión autónoma y libre cualquier médico o paciente.

Además de aprender y, también, aprehender :los conceptos de autonomía, beneficencia, no maleficencia y de justicia, la manera simplista con que se enfocan muchos problemas en la práctica diaria de la medicina, nos dejan perplejos. Se minimiza el sentido final de una decisión trascendental y se toman resoluciones que logren adeptos, aplausos o que responden a modas o tendencias ideológicas del momento.

Hoy con un ejercicio de historia comparada; nos surgen dudas y confusión. Actualmente hemos virado a un enfoque de bioética utilitarista y simplista. Veamos: cuando un comité de no objetores de conciencia evalúa el caso de un paciente que por miedo a sufrir con una enfermedad oncológica acepta la decisión del paciente de ser sometido al acto eutanásico mediante la aplicación de la dosis letal , estamos en el umbral de la deshumanización de la medicina, en el cementerio de los principios médicos y en la antesala de la deformación de la esencia de la medicina.

Ese comité era el mismo que realizaban los científicos de las SS en la Alemania nazi de los años 40. Aquellos científicos, en comités, que tomaban la decisión de exterminar a los llamados “enfermos incurables”. Iniciando la Segunda Guerra Mundial, las personas que sufrían retrasos mentales, discapacidades físicas o enfermedades mentales eran perseguidas para asesinarlas en el marco de lo que los nazis llamaban programa “T-4” o de “eutanasia”.

El programa de “eutanasia” requería la cooperación de muchos médicos alemanes que revisaban los expedientes médicos de los pacientes de instituciones para determinar qué personas con discapacidades o enfermedades mentales debían ser asesinadas. Los médicos también supervisaban los asesinatos reales. Los pacientes condenados eran transferidos a seis instituciones de Alemania y Austria, en donde eran asesinados en cámaras de gas construidas especialmente para ese fin. Los bebés y los niños pequeños que tenían discapacidades también eran asesinados mediante una dosis letal de drogas o por inanición. Los cuerpos de las víctimas eran quemados en grandes hornos a los que se llamaba crematorios.

La llamada muerte digna de Hitler, sus comités y las decisiones no distaban mucho de lo que hoy sucede en nuestro entorno. Pero miremos el tema de la autonomía hasta dónde puede llegar y el daño que puede causar.

En Tuskegee, un pueblo de Alabama, en Estados Unidos, entre 1932 y 1972, sus habitantes fueron objeto del “estudio” sistemático prospectivo más aberrante y de violación de los derechos de las personas. Allí, un grupo de “investigadores” resolvió utilizar familias de habitantes de esta población infectándolas con el treponema palidum, causante de la sífilis, para ver en el tiempo cómo la se desarrollaba la enfermedad y qué secuelas tenía. Los resultados fueron: 399 infectados, de los cuales a los 40 años habían sobrevivido 74 personas, 28 murieron de sífilis, 40 esposas de pacientes contagiadas y 19 niños con sífilis congénita.

El grupo de médicos y enfermeras consideraron que la sociedad recibiría una retribución con el conocimiento adquirido y basaron la autonomía a términos de justicia y beneficencia en favor de quienes enfermarían de sífilis a futuro.

Después de esto, en 1979, el informe Belmont del congreso de los Estados Unidos, trata de dar lineamientos a la investigación en humanos; y posteriormente sale la publicación de Beachump y Childres, que enmarca la ética prinicipialista, que desde la orientación anglosajona, termina permeando los análisis de casos, pero deja por fuera lo más importante que es la persona humana. Todo se puede justificar, todo es sujeto de análisis, las libertades, los derechos jurídicos, pero lo que no debe ser cuestión de análisis manipulable es la vida misma. Por eso el abuso de la autonomía puede ir en contra de la vida de los pacientes y a favor de otras orientaciones que desvirtúan la sacralidad de la vida y el impacto de esas decisiones.

Frente a un dilema lo que debe ser fundamental es la visión de la persona humana, su individualidad, su trascendencia y encontrar que la vida prima sobre códices, leyes o ideologías que terminan sesgando las decisiones. No hay una receta que pueda definir fácilmente una decisión bioética, lo importante es preservar la visión personalista ante una difícil realidad humana, que garantiza la protección esencial de la persona humana.